Casi todos hacemos lo mismo cuando miramos la carta de vinos en una cena. No queremos parecer unos tacaños pidiendo el vino más barato de todos, así que elegimos directamente el segundo que menos cuesta. Los dueños de los restaurantes conocen este comportamiento a la perfección y aprovechan ese miedo al qué dirán para colocar ahí el vino que menos les gusta o el que más margen de beneficio les deja.
Esa botella suele ser la que ellos compran a precio de risa pero que marcan más alta solo porque saben que será la más pedida por pura psicología social. En realidad, el vino más barato de la lista suele ser una opción mucho más honesta y de mejor calidad en relación con su precio real. ¿Te habías parado a pensar alguna vez que tu orgullo al elegir la carta te está haciendo beber un vino peor por más dinero?
La próxima vez que salgas a cenar, intenta romper esa barrera mental y pide sin miedo lo que realmente te apetezca. A los sumilleres les encanta la gente que se atreve con las opciones menos obvias de la carta. Al final, el marketing de la vergüenza es una de las herramientas más potentes para que los negocios controlen lo que consumes sin que apenas te des cuenta.